Viernes , Noviembre 24 2017
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En una sociedad americanizada, el jamón glaseado ha conquistado un lugar en la cena de Navidad, junto al tamal, el arroz con guandú, la ensalada de papas y el pan de rosca.

Crítica culinaria: Sabor navideño

Por: Esther Arjona

Glaseado, con ruedas de piña y cerezas de marraschino. Es difícil no evocar la imagen de un jamón horneado durante las fiestas decembrinas. Algunos no gustan de la piña; usan duraznos, arándanos o echan mano de un libro de recetas para darle un toque diferente. Pero no importa qué aliños se le pongan, acompañarán de maravilla a la ensalada de papas o al arroz con culantro.

Es difícil no pensar en los estadounidenses como impulsores de la tradición del jamón en Navidad. Pero no, el jamón tiene una historia un poco más antigua.

El libro “Gods and Myths of Northern Europe” de H. R. Ellis Davidson señala al jamón en la mesa navideña como una tradición de los pueblos germánicos, un sacrificio a Frey, dios nórdico relacionado con los jabalíes, la cosecha y la fertilidad. Este sacrificio era parte de la festividad de Yule, una celebración que se lleva a cabo durante el solsticio de invierno y que tiene su origen en la Escandinavia precristiana. Constituía sobre todo una fiesta familiar y estuvo siempre dedicada a la fertilidad. La mesa se preparaba con esplendor y magnificencia, ante la tumba de los parientes fallecidos y priorizando la hospitalidad hacia los forasteros.

Historiadores consideran que luego de establecerse el veinticinco de diciembre como la fecha del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, estas tradiciones pasaron a formar parte de la celebración de la Natividad.Sin embargo, otras consideran que la fiesta de San Esteban (26 de diciembre) pudo haber heredado también parte del legado de Frey, ya que en el arte sueco antiguo Esteban aparece cuidando a los caballos y llevando una cabeza de jabalí a la comida de Yule.

Con el pasar del tiempo, la tradición se fue extendiendo a los países vecinos. En Inglaterra, por ejemplo, folcloristas como James Spears, en “The ‘Boar’s Head Carol’ and Folk Tradition” establecen que con toda probabilidad comenzó en la Isla Británica. “[En la antigua tradición nórdica] …La cabeza de un jabalí con una manzana en la boca era llevada al salón de celebraciones sobre un plato de oro o plata al sonido de trompetas y canto de juglares”.

Más adelante, la Iglesia católica utilizaría el jamón como una prueba de conversión sincera. Persecuciones a judíos en la Edad Media fueron sucedidas por la expulsión de estos en el año de 1492. Muchos de estos judíos debían convertirse al cristianismo, ya fuese de forma obligada o para evitar la persecución. Una vez bautizados, la mayoría mantenía secretamente sus prácticas religiosas, por lo que el jamón se convertía en una prueba irrefutable. Los marranos (forma despectiva como se llamaba a los judíos conversos) declinarían comer el jamón de Navidad, mientras quienes no mantenían afecto alguno por su antigua religión lo comerían sin ninguna dificultad.

Con el arribo de los europeos a América, también llegaron nuevas tradiciones. Los ingleses, galos, portugueses y españoles las transmitieron a sus colonias. Como resultado, el jamón se convirtió en un plato tradicional de la celebración navideña en toda América. En Panamá tomaría más fuerza, debido a la importación de jamones desde Estados Unidos para abastecer tanto a las tropas acantonadas en la Zona del Canal como a los “zonians”. Del comisariato llegó a los supermercados y lo demás, ya lo conocemos. El jamón eventualmente se ha convertido en fiel compañero del tamal y el arroz con guandú. Son muy pocos los que se resisten a su dulce sabor y mucho menos a la hora del desayuno, acompañado con mayonesa y mostaza dentro de un trozo de pan de rosca. Diga usted si esta no es una de las mejores traiciones navideñas…

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