Domingo , Abril 22 2018
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El popular Pueblo Nuevo, aquel barrio citadino donde residían inmigrantes de las Antillas, es hoy un gran mercado de residuos de metales en medio de viejas casas, nuevas torres de apartamentos y una que otra barraca.

El corregimiento ‘chatarra’

Por: Zelideth Cortés

Aquí todo huele a metal, a óxido, a lata y a tierra mojada. En esta recicladora de chatarra se imponen la fuerza de la maquinaria pesada y la del hombre para levantar grandes láminas de aluminio, de hierro y toda clase de piezas de autos.

Es como si se tratara de un gran rompecabezas de piezas inservibles que, irónicamente, forman parte de un negocio con mercado internacional que ya no es tan lucrativo como antes, pero que “todavía da, con mucho esfuerzo”. Así, en tono enfático y con la mirada cansada, nos lo comentó José Camarena, uno de los estibadores de la Recicladora Internacional, ubicada en una de las calles del populoso corregimiento de Pueblo Nuevo, en la capital.

La historia de un estibador

José lleva siete años trabajando en este lugar que él llama “compra y venta”. Lo encontramos montado en un camión junto a otro compañero, aplastando con los pies viejas y enormes carrocerías de autos, tratando de que “todo el material quepa, porque lo que nadie quiere, aquí sí sirve”, afirma José. Sudoroso, sucio y con algunos dedos de las manos hinchados, José empuja con fuerza el material que dentro de pocas horas será enviado a Guatemala.

Es un trabajo riesgoso. Recuerda José que, hace un par de días, un compañero se quemó la pierna con acetileno cuando estaba cortando un material abultado, porque no hay compactadora, mientras que a un agente de seguridad lo encontraron en la mañana atado de pies y manos porque los “amigos de lo ajeno”, no conformes con robarle en la madrugada, hicieron “la gracia” de amarrar al pobre hombre que casi se muere del susto, “pero al menos no lo mataron”, se consuela.

La tarea es ardua y en la recicladora no hay descanso. Se trabaja las 24 horas y la mercancía que se selecciona es enviada a países como Ecuador, Guatemala e Indonesia.

Mucha de la chatarra que se compra aquí viene del vertedero de Cerro Patacón, aunque José asegura que el negocio cada día se pone más duro y explica por qué. Por un lado, los precios a nivel internacional, tanto de la chatarra como del hierro, están por el piso. Por ejemplo, actualmente la libra de hierro está a cuatro centavos, cuando hace un año estaba a quince. Otro enemigo que lleva más de un quinquenio vigente es la aparición de más talleres de chatarrería.

“Antes habían cuatro recicladoras en este mismo sector y ahora, solo en esta calle, hay como siete”, dice José. Pero, ¿cómo se entiende que el negocio siga creciendo si ya no es tan rentable?
Don José asegura que la rentabilidad depende de los precios del mercado, que son cambiantes, pero que “siempre da”, aunque no quiso precisar detalles sobre las ganancias de la empresa y de inmediato tuvo que abandonar la entrevista porque su jefe solo le dio permiso para unos quince minutos.

El ‘supermercado’ de la chatarra

Nos despedimos de José y seguimos recorriendo Pueblo Nuevo. Tal como nos lo dijo este humilde panameño, en las principales calles de Pueblo Nuevo hay muchos talleres de chatarrería, de mecánica, venta de llantas; compra de hierro, de cobre, rastros (venta de piezas de autos de segunda), chapistería, venta de vidrios. Aquí se encuentra de todo. Es como un mercado de talleres rodeado de casas, edificios y una que otra barraca que aún se mantiene en pie.

Son lugares que parecen depósitos de basura. Por ejemplo, en uno de los rastros nos encontramos con un joven al que llamaremos “Aurelio” porque no quiso decir su nombre verdadero. Él asegura que aquí viene todo el mundo a comprar, desde lámparas hasta puertas de autos de distintas marcas.

“Si chocaste tu carro y quieres una puerta, aquí te la dejamos en noventa dólares y allá podría costarte hasta doscientos o trescientos, dependiendo del tipo de carro, por supuesto”, explica el muchacho.

Aurelio dice que hay mucho negocio aquí porque “la calle ta’ dura y estos lugares le dan trabajo a todo el mundo, hasta pal’ de afuera hay”, explica, refiriéndose a los extranjeros, a la vez que sonríe y nos sigue contando.
“Pueblo Nuevo ha cambiado mucho, hay mucho extranjero. Mire, allá más arriba hay un pelao’ que tiene un taller de chapistería y los muchachos que le asisten son dominicanos, aquí hay extranjero para llevar”, insiste.

El dominicano panameño

Aurelio dice la verdad. Solo bastó caminar unos pasos cerca de la Junta Comunal de Pueblo Nuevo para encontrarnos a dos dominicanos. Me acerqué a ellos y, temerosos, se limitaron a decir que trabajan honradamente. “No ganamos mucho, pero al menos nos da para pagar el alquiler y la comida”, se atreve a contar uno de ellos, un joven de tez morena, corpulento y de baja estatura que dice que tuvo que salir de República Dominicana porque allá no hay trabajo. “El progreso está aquí”, remarca convencido.

Este dominicano asegura que hay una fuerte competencia entre los talleres, pero que la mayoría de los extranjeros que trabajan tienen sus papeles en regla.

Y así como él, relata que en el corregimiento hay muchos foráneos, principalmente venezolanos, dominicanos y colombianas, algunas de las cuales trabajan en cantinas que, según dice a carcajadas, “hay un montón”.

El joven vive en un cuarto con otros extranjeros como él. Es un cuarto de una casa donde duermen cuatro. Cada uno paga $150 por quincena.

Llegó al lugar por otro amigo de su país. Pueblo Nuevo le gusta porque es un lugar céntrico. “Me siento casi panameño”, confiesa.

La voz de la Iglesia

José Brutúa es desde hace seis años el párroco de la Iglesia María Auxiliadora de Pueblo Nuevo, que el pasado 13 de mayo cumplió cien años y que, a pesar de los embates del tiempo, conserva parte de su estructura original construida de piedras.

“Pueblo Nuevo ha cambiado mucho, ya no es aquel pueblo de emigrantes que vinieron a trabajar al Canal, sus descendientes vendieron las casas y muchas se han convertido en negocios de talleres, ya no quieren vivir aquí”, relata el sacerdote.

Para el párroco, es parte de la evolución que ha tenido el corregimiento. Cerca quedan cuatro paradas del Metro de Panamá, es céntrico, hay farmacias, hospitales, un cordón de universidades y tiene salidas hacia las principales calles de la ciudad: Transístmica, Tumba Muerto, Aeropuerto y Vía España.

“Es un corregimiento que está en el ombligo de la ciudad”, un paso obligado que, según el sacerdote, puede ser uno de los factores por los que el corregimiento pareciera un mercado de talleres de todo tipo.

En medio de este “boom” de mercado, aún quedan algunos moradores que se niegan a salir de Pueblo Nuevo y no han pensado vender lo que heredaron de sus padres.

Una de ellas es Anayansi Carda, que vive en una de las pocas casas de madera que hay en la calle de la Junta Comunal de Pueblo Nuevo.

Anayansi tiene más de cuarenta años de vivir en este lugar. Sus abuelos fueron de los principales fundadores de Pueblo Nuevo y los que construyeron la casita de madera de dos pisos, color verde, donde aún vive. Su abuelo se llamaba Isidoro Carda, un francés de Martinica que vino a Panamá a trabajar en la construcción del Canal.
En sus andanzas de emigrante, cuenta Anayansi, su abuelo conoció a su abuela aquí, en Pueblo Nuevo, adonde hace más de un siglo llegaron muchos extranjeros para los trabajos de construcción del Canal.

Don Isidoro y su abuela panameña se enamoraron. Anayansi afirma que fue amor a primera vista, “de esos que ya ni se ven”, aclara. Se casaron, tuvieron siete hijos y construyeron la casa verde que hoy se ha convertido en cuartos de alquiler.
De los tiempos en que ese Pueblo Nuevo estaba lleno de monte y había muchas casas de madera queda poco. Hoy, Anayansi dice que se siente “ahogada de extranjeros y talleres por todos lados, y si están ahí es porque las autoridades lo han permitido”, reclama.

La voz del representante

En la Junta Comunal de Pueblo Nuevo, su representante, Carlos Lee, está consciente de que en su corregimiento hay demasiados talleres de chatarras.

“Esto es una realidad que ha cambiado el corregimiento en un 90%, estamos saturados de talleres de chapistería, rastros, recicladoras, mecánica…”, reconoce.

El concejal explica que cerca de 250 familias viven en los alrededores de estos talleres, que están ubicados en calles 9, 13, 15, 16, 20, 21 y 22. Agrega que son aproximadamente cuarenta talleres los que se encuentran en estos sectores que forman parte del Pueblo Nuevo “viejo”. Mientras que 18 500 personas de clase media y media alta viven en los barrios de Hato Pintado, Vista Hermosa y La Sabana.

Lee está consciente de que la existencia de tantos talleres afecta la imagen del corregimiento y lo peor, dice, es que algunos incumplen los decretos alcaldicios, ya que están haciendo reparaciones en la vía pública y obstruyen las aceras. la autoridad adelanta a Portada que dentro de poco entregará una nota al Ministerio de Comercio e Industrias para que suspenda los permisos de operación para nuevos talleres.

La Junta Comunal planea emprender un reordenamiento territorial del corregimiento que, según el concejal, “ha crecido mucho”. Hay torres de edificios residenciales y además, cuatro casas condenadas donde viven 140 familias a las que también se les buscará una respuesta habitacional.

Por lo pronto, el honorable Lee ha lanzado una advertencia: “Al taller que no cumpla con los decretos alcaldicios, se le suspenderá la licencia”.

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