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El tranque nuestro de cada día

La congestión automotriz en las ciudades constituye uno de los problemas urbanos más acuciantes para los panameños, pero irónicamente ingresaron como promedio diario 207 nuevas unidades a las calles de enero a agosto de 2016.

Si la posesión fuera igualitaria, uno de cada tres ciudadanos tendría un automotor, pues hasta abril último el parque incluía un millón 177 mil vehículos, mientras que las ventas no se detienen en las decenas de agencias y los conductores claman por soluciones al parecer algo imposibles en las actuales condiciones.

Solo tomando en cuenta las nuevas inscripciones en 2015, que ascendieron a 78 mil, sería necesario 234 kilómetros de vías adicionales para asimilar esa carga vehicular, según especialistas.

En una definición técnica, la congestión aumenta en la medida que el tránsito crezca, y la introducción de cada nuevo auto en el flujo incrementa el tiempo de circulación de los demás.

La situación de Panamá no es diferente de otros países donde la economía de mercado impide poner coto a las ventas, pues la ‘libre empresa’ y los cánones de la escuela económica neoliberal, prohíben bloquear el comercio aunque sea nocivo para los intereses nacionales.

Un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), entre las causas de la explosión automovilística regional señaló un mayor acceso a esos productos, con la elevación del poder adquisitivo de las clases medias, facilidades de crédito y reducción de los precios de venta.

También el organismo de Naciones Unidas consideró que desde principios de los años 90 del siglo pasado hubo más oferta de autos usados, crecimiento de la población, menos habitantes por hogar y escasa aplicación de políticas estructuradas en el movimiento urbano de pasajeros.

El aumento de la demanda de transporte y del tránsito vial causó, a criterio de Cepal, más congestión, demoras, accidentes y problemas ambientales, con particular énfasis en las ciudades grandes.

En Panamá -también en otros países del continente- la preferencia por el uso del automóvil tiene un ingrediente de estatus social, incluso por la categoría del vehículo, y su propietario es considerado exitoso: tal ‘prestigio’ acarrea igualmente incrementos de tránsito.

Pero este elemento es solo una pincelada, pues el deficiente servicio masivo de transporte, incluidos los taxis, unido a mala distribución de rutas urbanas, además del temerario comportamiento en la vía de no pocos conductores de autobuses, obligan muchas veces a optar por el traslado individual.

La primera línea del Metro capitalino comenzó a cambiar en cierta medida el nocivo comportamiento, pero aún su cobertura es insuficiente y no pocos refieren que con la ampliación de otros tramos, alternarían su auto con el tren.

Tal vez si esto ocurre, comience a sentirse cierto alivio en la fluidez del tráfico, al menos en la principal urbe, pero ello requeriría un serio estudio intermodal -en ejecución- con rutas radiales de ómnibus para complementar el movimiento masivo de viajeros.

Mientras, los chóferes critican al gobierno por la falta de soluciones, pero ninguno logra articular una propuesta coherente, aunque tímidamente los menos se atreven a criticar la inyección continua de vehículos nuevos desde las agencias, en una suerte de complicidad sumergida bajo la sombra de los derechos.

En la vecina Colombia, donde es mayor aún el problema, una nueva ley estimula el uso de la bicicleta y bonifica a empleados públicos y pasajeros de transporte masivo con descanso retribuido y boletos gratuitos, respectivamente, cuando acrediten determinado número de viajes en sus ciclos.

Los gobiernos istmeños miran al patrón de desarrollo de Singapur, que intentan reproducir, pero en el país asiático se implantó la tarifa de congestión urbana, para desestimular el uso del automóvil con gravámenes impositivos obligatorios. ¿Tomarán la experiencia?

Esta medida no es desconocida en el Istmo, donde el Canal de Panamá la aplicó precisamente por la aglomeración de buques en determinadas épocas, y consiste en reservar el cruce a un costo mayor de quienes transitan por orden de llegada.

El colapso del flujo vial en la capital panameña prácticamente no tiene ‘horarios pico’, y es una constante que eleva exponencialmente el tiempo de traslado, mientras exacerba los ánimos de conductores y estimula cierta violencia callejera, patologías sociales consecuencias de esta enfermedad del desarrollo.

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