Miércoles , Diciembre 13 2017
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El país justo no está a la orden del día, más bien se aleja. En cambio, presenciamos un país erosionado, incrédulo y con los dolores brutales de la pobreza y la exclusión, que anda un poco a su suerte o sus desdichas.

En caída libre: la sociedad panameña de hoy y su derrotero

Por: Manuel Orestes Nieto

En el Panamá de hoy hay una policromía de actores en la vida pública -políticos, administradores gubernamentales, comenzando por el señor Presidente, ministros, fiscales, jueces, magistrados invisibles, empresarios, diputados, abogados, voceros de la llamada sociedad civil y que no es lo mismo que el pueblo, independientes, expertos y muchos desaforados que comentan la última novedad, el escándalo del día y emiten puntos de vista de todo tipo y tamaño. Consuetudinarios sabelotodos, inculpan, defienden, atacan, se lucen y el micrófono es un elixir divino, la panacea, el olimpo, para darse a conocer, hacer figura, imagen, crecer en popularidad; se autocomplacen en sus egos, más grandes que este pequeño país.

No estoy seguro que esta alharaca, frecuentemente ruidosa -que se ha vuelto una especie de subcultura entre nosotros, con bastantes ingredientes especulativos, como una catarsis repetida en nombre de la democracia- sea eficaz para resolver problemas de la sociedad, menos a estas alturas, cuando Panamá entró en un laberinto y hemos perdido el hilo para salir del extravío.

Obviamente, el derecho a opinión no se discute; como tampoco pensar Panamá y compartir ideas. Pero parece que hemos abusado de esta modalidad o, más bien manía de que cualquiera puede hablar e inventar lo que le da la gana, en televisión y, por supuesto, en las redes. Hasta aplaudimos y citamos como fuente de irrefutable verdad a personajes pintorescos que se jactan de no tener pepitas en la lengua. Hay que estar en la jugada, hay que prepararse para lo que viene en el 2019.

Que un centenar de personas giren en los medios o proliferen en la placenta virtual no significa ni remotamente que en Panamá haya participación ciudadana y mucho menos que las mayorías depauperadas expresen su sentir, o se genere más conciencia colectiva para construir el país y resolver las reales urgencias y carencias enormes que padece la población. La estridencia aturde, la improvisación constante manosea ideas sin sentido, en una olla todo se revuelve, como un sancocho. No me parece que ello ayuda al drama del país, sino que contribuye a mayor confusión.

Por otra parte, lo que sí habrá que considerar seriamente es cómo conjurar el crimen que cometemos contra la ética política, donde todo vale, incluyendo la manipulación, los actos de magia, del más vivo que maquilla palabras con un cinismo inaudito, según los intereses económicos, partidarios, grupales y, en verdad, decadentes. Somos un país sin liderazgos, sin un proyecto compartido de nación, con las visiones apagadas y con mayor insolidaridad, rampante y creciente. La riqueza de la cual alardeamos no la olerán ni disfrutan millones de panameños. Se esconde la existencia del país de la inequidad, del país abandonado que tiene que aguantársela de todas maneras. No hay la menor duda de que es más marcada la insensibilidad con los humildes. La brecha entre el país opulento y el de la miseria es enorme e injusta. Hay demasiada dejadez en las responsabilidades del Estado para evitar que seamos una sociedad enferma y frenar la espiral de inseguridad que se pasea por el territorio nacional y ya produce demasiado miedo entre los ciudadanos.

A punta de cuentos de hadas y dudosos números se persiste en afirmar que vivimos casi en el paraíso. El crecimiento de Panamá también se evoca constantemente para meternos en la cabeza que todo está bien, cuando no lo está. Ese bienestar no está distribuido, es el de una infinitesimal minoría de privilegiados. Pues sepan los que no quieren verlo que hay decenas de miles que están, sin ninguna esperanza, atrapados en su infierno inhumano, lidiando con sus enfermedades crónicas sin ser atendidos, sin medicinas; multitudes agotadas de tantos madrugonazos para ver si llegan al trabajo, resignadas en la incertidumbre de no tener lo básico para la vida, entre ellas, agua en un país acuático y literalmente sin recursos para no tener hambre. ¿Cuál paraíso, cuál bonanza, cuál sociedad segura, próspera y feliz? Hay quienes se lo creen y lo viven a todo tren, mientras otros se los lleva el diablo con una inundación y el lodo derrumbando sus frágiles casas, comunidades incomunicadas que a duras penas sobreviven.
Como ya todos sabemos, la salvajada que desató Martinelli y reventó a Panamá, es, por otro lado, algo perverso y no resuelto.

A estas alturas, debe ser extraditado no sólo por espiar vidas ajenas como lo hizo de manera burda y propia de una demencial conducta, tiene que ser requerido por las docenas de casos, por lo que tramó y por lo que fue: un desalmado ladrón, aprovechándose de su condición de Presidente. Ya se verá si algún día se pedirá la extradición para rendir cuentas aquí en Panamá, con expedientes robustos, fidedignos, informados plenamente en correspondencia con el atraco, sobreprecios, coimas y haber armado una banda criminal.

Muchos creyeron que una higiene general ante la corrupción se iba a producir, pero ya es demasiado tarde para soñar. Minimizar el atraco de miles de millones dólares y no culminar varios años después las investigaciones y tampoco ser juzgadas, no se puede digerir, aunque nos llenen con decenas de explicaciones vagas. Lo que no se entiende es el tiempo transcurrido y que se han dejado por fuera múltiples casos donde sencillamente se cogieron plata y se la llevaron para su casa o se fueron del país huyendo. La fantasía de la no intromisión en los órganos del Estado ya nadie se la cree, por más que insistan en ello.

El riesgo que hay, como lo vemos repetidamente, evocando por delante la ley, los vericuetos de los procedimientos, en un lenguaje técnico-jurídico, recursos e interpretaciones, dilataciones, fallas procesales, expedientes caídos, es que se produzca el insólito hecho de delitos que jamás se ventilarán y seamos un país que fue burlado y saqueado, que todo cuanto pasó se quedé así, en un siniestro purgatorio. Muchísimos panameños comparten el criterio de que hay encubrimiento, tapadera, evitar embarrarse entre sí, burlarse de la población, que no va a pasar nada y que la justicia es un mal chiste.

Sólo dos ejemplos icónicos de los cientos posibles que pueden citarse, son Odebrecht y los Papeles de Panamá. Son claves, estallaron en nuestra cara y ante el mundo; hay, sin embargo, muchas palabras que se reducen a un misterio, narraciones de novela, murallas de confidencialidades, y demasiadas evasivas repetidas: no puedo contestarle públicamente porque se pueden viciar los expedientes, pronto volveremos a ir a Brasil, tengan paciencia, confíen, la justicia está haciendo lo suyo. Pero no hay delación premiada en territorio panameño, según parece. Y la Corte Suprema es la suprema congeladora.

Asimismo es pasmoso, como otro ejemplo reciente, que en la Caja de Seguro Social se dejen podrir millones de dólares en medicinas en un almacén y ello se reduzca a un comentario noticioso. Lo menos que debió y tiene que hacer el nuevo director de la Caja es denunciar sus hallazgos asombrosos. El daño que han hecho a los asegurados y sus familias no tiene nombre, no tiene calificativo. Lo ocurrido estos años en la CSS podemos replicarlo a decenas de otras instituciones donde los huecos corruptos se han quedado en eso, en huecos, en faltantes, en dinero volatilizado, en anécdotas y silencios. La institucionalidad sí está postrada.

Seguir -en lo público y en lo privado- el teatro que hemos creado es engañar a un país entero. Desangrar el erario bajo el maquillaje de donaciones, partidas circuitales de cientos de millones, contratos directos también multimillonarios para favorecer a empresas amigas, alquileres de edificios y flotas de carros oficiales y, sobre todo, prolongar la impunidad y que siga la danza para aquí y para allá, son cachetadas a los que nada tienen, un desprecio a nuestros compatriotas. Esto es una complicidad a la vista pública, que lo que hace es quebrar valores, la decencia misma y destrozar más al país.

¿Hasta dónde rayos llegaremos con estas inmoralidades? ¿Cómo fue que llegamos a algo tan terrible? ¿Hacer de la politiquería algo tan natural que todo lo arregla con “cartuchos” de billete? Esos “cartuchos” se han vuelto protagonistas esenciales de la vida nacional. El famosísimo ¿qué hay pa´mí? es pedir bochornosamente un salpique. Al invertir en esos cartuchos -que son estrictamente formas del soborno- es claro que de vuelta se recibirán “sacos” jugosos, prebendas, favores, ventajas, plata multiplicada.

La política ya no es política, se volvió el negocio de la vida; es otra tendencia admitida y tolerada, casi parte de la vida cotidiana. No sigamos siendo los más vivos del mundo. El país no es la vanidad personal de nadie, de sus apetencias, de aprovecharse abiertamente, como lo hemos visto estos años infames. No lo son los pactos entre villanos, ni los que andan en la avivatería de tú no me juzgas y yo no te hago nada, ni tú tampoco me acusas a mí. Archiva esos expedientes, así nos cubrimos la espalda y los bolsillos. La Asamblea Nacional, hoy desfigurada, es el bochorno vestido de blanco protocolar; no es la democracia que tanto se pregona.

En síntesis, tengan cuidado con lo que están haciendo. La desconfianza existe aunque se exprese en forma silente y en voz baja. El pueblo de Panamá parece dormido, pero no se confíen en menospreciarlo. No sigamos en esas prácticas denigrantes y calculadas: al pueblo le das sus jamones y sus colchones, le pagas los ataúdes de sus familiares muertos y ya está.

Entronizar el clientelismo, ya fuese electoralmente o en las comunidades como si en los barrios viviesen mendigos o hay que arrodillarse para pedir servicios y derechos básicos, abusar de las necesidades para comprar gente, es no sólo una torcedura democrática, es una inmoralidad, es un fiasco.

Paradójicamente, la entrega del Canal y las áreas revertidas, hace casi dos décadas, debió lanzarnos al camino del desarrollo, contribuir a extirpar males sociales acumulados, ser una nación educada y desterrar las inadmisibles asimetrías entre ciudadanos de un mismo país. Nada de ello ha sido así. El país justo no está a la orden del día, más bien se aleja. En cambio, presenciamos un país erosionado, incrédulo y con los dolores brutales de la pobreza y la exclusión, que anda un poco a su suerte o sus desdichas. Hay un país en caída libre.

¿Habrá futuro o retrocederemos cien años? ¿Se superará esta frustrante época de impunidades o los próximos que arriben al poder se robarán lo que aún falta por ser robado? ¿Nos estrellaremos irresponsablemente contra el pavimento en la caída -con todas las consecuencias que ello implica- o seremos capaces de concertarnos para detener la locura que fue desatada? Nadie tiene por el momento, creo, las respuestas certeras a estas impertinentes preguntas. Pero hay que encontrarlas o, de lo contrario si todo sigue como está, dejaremos de ser país y nos trasmutaremos en lo que fue isla Tortuga, ese famoso escondrijo de los piratas.

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5 comments

  1. Extraordinario análisis el que nos ha regalado Manuel. Ha recogido el sentir de muchos que vemos con preocupación, tristeza y asombro como se malogra un país que lo tiene todo para llegar muy lejos.

  2. Me duele ver cómo se está cayendo nuestro País. Yo como viuda veo la vida más difícil el costo de la VIDA altísimo. Lo único q viven son los q están en altos puestos del gobierno. Hay q ponerle un freno a esta corrupción caiga quien caiga. Salvemos nuestro País por nuestros hijos nietos y nuestra adolescencia que está perdida totalmente. Esa es mi opinión humildemente.

  3. Rafael Jaen Williamson

    Don Manuel, he leído con mucha atención y cuidado sus puntos de vistas que hago míos. Resido en Brasil, por lo que mi referencia de todos los males que cita en su escrito es aún más grave. Como un patriota que viene enalteciendo y defendiendo el nombre de Panamá en el continente durante décadas, digo que los males de nuestra patria no son exclusivos, en cambio, permean Latinoamérica en mayor o menor grado. Entendiendo bien esa patología, la pregunta que cabe es ¿qué tenemos que hacer todos juntos para resolver esas cuestiones? Colectiva e individualmente todos tenemos nuestras tareas. No son los “gobiernos” que definen quienes somos como nación. Somos todos en la sociedad con nuestros actos, posturas, valores y determinaciones.
    Lo felicito por abordar de manera criteriosa temas que son de alta relevancia.

  4. Grandes hombres son los que han guiado e inspirados a sus pueblos, rescatar el país está en manos de la generación de relevo , y deberán ser guiadas por las palabras de un gran estadista norteamericano y el cual citó. ” No pedo preguntarme qué puede hacer mi país por mi ,sino que es lo mejor que puedo hacer yo por el u sus ciudadano” enfrentar el futuro de la nación y sus ciudadanos sin la guía generosa de amar al país y servir al prójimo estaremos simplemente fritos!!!

  5. He estado un rato buscando buena información sobre esto y por fin lo he encontrado, muchas gracias.

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