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La política estatal se ha inclinado peligrosamente hacia el populismo, que no es más que el afán de buscar votos a través de subsidios, la mayoría de ellos sin justificación. Subsidiar indiscriminadamente es un despropósito.

Y la izquierda ¿Dónde está?

Por: Juan David Morgan

De acuerdo a un informe reciente del BID, Panamá ha sido el país de América que mejor desempeño económico ha tenido a lo largo de los últimos catorce años. Durante ese período, en los mejores años el crecimiento de la economía ha sobrepasado el doble dígito, y en los peores se ha sostenido por encima del 5%, arrojando un promedio de crecimiento de 7% anual.

Sin embargo, Panamá es también, según el BID, el décimo país en el mundo y el primero en América donde peor se distribuye la riqueza. Entre nosotros la brecha entre ricos y pobres, antes que reducirse continúa expandiéndose. ¿A qué obedece la exagerada desigualdad social? ¿En quién o en quiénes recae la culpa?

Sin lugar a dudas, los principales culpables han sido los gobiernos, que no han sabido implementar las medidas necesarias para crear un sector productivo más homogéneo. La política estatal se ha inclinado peligrosamente hacia el populismo, que no es más que el afán de buscar votos a través de subsidios, la mayoría de ellos sin justificación. Está bien que se ayude a quienes realmente no pueden subsistir sin ayuda estatal: niños en riesgo, ancianos desamparados, personas discapacitadas, por mencionar algunos. Pero subsidiar indiscriminadamente, como hacen nuestros gobiernos, es un despropósito.

No hay razón para hacerlo con el gas, la electricidad, el pago de impuestos, los malos estudiantes y un largo etcétera. Mientras el populismo sea la prioridad de los gobernantes no habrá manera de incorporar a las grandes mayorías al sector productivo, sencillamente porque no necesitarán superarse para sobrevivir. En lugar del estado benefactor de los países desarrollados estamos creando uno aún peor: el estado de la vagancia oficializada.

El segundo culpable es el sector privado, culpa que reside, fundamentalmente, en no haber coadyuvado a crear las condiciones necesarias para la inclusión de todos los sectores de la sociedad en las actividades productivas. Siendo la empresa el componente de la economía que más puede y debe influir en las políticas estatales, hasta ahora su actitud ha reflejado un conformismo coincidente con sus intereses económicos.

Existe un tercer culpable que nadie se preocupa en señalar. Hablo de las izquierdas, de aquellos que, olvidándose de su responsabilidad, culpan exclusivamente a los gobiernos y al sector privado de la desigualdad social. Pero, ¿pueden los militantes de la izquierda actuar como si ellos no tuvieran nada que ver con esa desigualdad?

Antecedentes

En Panamá los movimientos de izquierda surgieron desde los primeros años de la República. Existió un partido socialista, bien organizado y con líderes y seguidores importantes, que sin embargo hizo mutis temprano del escenario político panameño y nunca llegó a ejercer mayor influencia en el desarrollo socio-económico de la nación. Algo similar ocurrió al partido comunista, el partido del pueblo, cuyos líderes, de reconocida solvencia intelectual, tampoco llegaron a consolidar una organización política trascendente.

Sus militantes fueron estudiantes y sindicalistas cuyos movimientos populares, justo es reconocerlo, influyeron muy positivamente en el devenir histórico de nuestras relaciones con los Estados Unidos. Sin embargo, poca o ninguna influencia ejercieron sobre el desarrollo de la economía. Tal vez la época de oro de las izquierdas surge, paradójicamente, con el advenimiento de los militares al poder en 1968. Desde muy temprano Torrijos reconoció que sin el apoyo de los intelectuales de izquierda sería muy difícil no solamente consolidar el golpe de estado sino, lo que era más importante, lograr la aprobación del tratado que se proponía celebrar con los Estados Unidos para la recuperación del Canal y su zona.

Torrijos se rodeó de reconocidos líderes de la izquierda a quienes incorporó a las negociaciones del tratado y cuyos consejos escuchó para romper el tradicional dominio de la oligarquía, convirtiendo a Panamá en un país con una clase media importante y leyes laborales que protegían los derechos del trabajador, todo ello sin descuidar el campo. Pero Torrijos falleció inesperadamente, los militares se atragantaron con el poder y en 1989 sufrimos la invasión de los Estados Unidos. A partir de ese momento, la izquierda en Panamá se fragmentó en sectores que jamás han logrado ponerse de acuerdo para hacer nada concreto que mejore la desigualdad social.

A esa izquierda correspondía, y aún corresponde, organizarse políticamente para llevar a la Asamblea Nacional y al Órgano Ejecutivo propuestas que contribuyan a mejorar las condiciones de vida de las grandes mayorías, que ellos consideran su razón de ser. Pero nada de eso han hecho. Organizaron un partido político que participó en las últimas elecciones con tan pésimos resultados que ni siquiera lograron subsistir, todo esto producto de la falta de visión de sus líderes tradicionales. Esos líderes, que se han perpetuado durante varios lustros al frente de las organizaciones sindicales, todavía creen que se logra distribuir mejor la riqueza tirando piedras, cerrando calles e insultando. Mientras tanto los trabajadores urbanos continúan desempeñando sus labores en condiciones degradantes y los del campo desfallecen víctimas del abandono sin que las izquierdas hagan nada positivo para apoyarlos.

La falta de un liderazgo idóneo está afectando, desde hace muchísimo tiempo, las legítimas aspiraciones de las grandes mayorías e impidiendo que participen en la vida política del país con ideas que permitan comenzar a cerrar la brecha de la desigualdad social. La responsabilidad de esa brecha -la más vergonzosa de América y la décima más vergonzosa del mundo- no puede atribuirse solamente al Gobierno y al sector privado. Las mal llamadas organizaciones populares deben reconocer también su culpa y comenzar a organizarse, bajo liderazgos menos desgastados y más cónsonos con la realidad, de modo que su presencia se haga sentir con resultados que realmente mejoren la calidad de vida de las grandes mayorías y permitan, a la vez, su participación en el devenir político, económico y social del país.

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