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La peregrinación del MARTA

A pocos metros de la estación del Metro y la parada del metrobús, reposa, desde hace casi cuatro años, el patrimonio arqueológico panameño.

El museo más importante del país está cerrado. La colección de 17 mil piezas del Marta (Museo Antropológico Reina Torres de Araúz) reposa en cajas en la antigua estación del ferrocarril de la Plaza 5 de Mayo, un edificio “enfermo” que es patrimonio histórico y escuela de Bellas Artes.

La construcción de la estación ferroviaria a principios del siglo XX cambió el entorno de la zona, que pasó de un solar deshabitado a ser el polo de nuevas inversiones en aquellos años. Allí se levantaron los edificios más altos y modernos de la capital: el hotel Internacional y la Compañía Internacional de Seguros, los dos rascacielos de la época. Cada uno tenía nueve pisos.

La estación, propiedad de la administración estadounidense, con dos salas de espera: una para blancos y otra para negros, funcionó allí hasta los años 60, cuando fue traspasada al Gobierno de Panamá. Para esos años, el movimiento comercial de la avenida Central se había trasladado a otros puntos y las cuatro colecciones existentes estaban apiñadas bajo un mismo techo, en el barrio de La Exposición.

En busca de un local adecuado para los nuevos hallazgos arqueológicos, como los del sitio Barriles, la antropóloga Reina Torres de Araúz logra que el Gobierno traspase el antiguo edificio del ferrocarril para eventos culturales. Así nace el Museo del Hombre Panameño, en 1976.

El nuevo museo albergó una de las cuatro colecciones nacionales que estaban apiñadas en una casa en la avenida Cuba. “En ese lugar había un desorden padre”, recuerda Edilia Camargo. “Fui a ese sitio a tomar unas fotografías de las piezas restauradas para mis clases y lo que encontré fue un sancocho. Reina vio ese desastre y le vino la idea de una nueva propuesta museística”, relata.

Durante esos años, Reina Torres de Araúz planeaba nuevas excavaciones, formaba un equipo de investigadores para estos trabajos y buscaba la forma de repatriar las piezas antropológicas que estaban en poder de universidades estadounidenses y en colecciones privadas. Esto último no se cumplió.

“El museo está en el aire, lo han dejado sin sitio donde aterrizar. Las colecciones están en cajetas y las piezas de oro dicen que las recuperaron, pero no sabemos si son las reales”, señala Camargo, amiga de Reina Torres de Araúz.

“Todo este trabajo se resquebrajó. Se vino al suelo el edificio que ella comenzó a construir. Por su muerte de cáncer, a los 49 años, no tuvo tiempo de terminar el proyecto”, menciona Camargo, doctora en Filosofía y Letras y exoficial de la Unesco.

A puerta cerrada

Desde el año 1976 hasta la mudanza de 2012, el Museo del Hombre Panameño, renombrado luego como Museo Reina Torres de Araúz (Marta), ha cerrado en varias ocasiones. El profesor Carlos Fitzgerald enumera que la primera fue luego de la invasión estadounidense a Panamá, en diciembre de 1989. A los meses, al restablecerse la democracia, se volvió a abrir.

En 1996 fue cerrado nuevamente, por el deterioro de la estructura. “La adaptación de la estación de ferrocarril para el museo no fue exitosa. Era un gran museo, pero complicado y con problemas con la forma en que se podía entender la cultura y el pasado”, expresa Fitzgerald, exdirector de   Patrimonio Histórico del Instituto Nacional de Cultura (Inac).

“Hubo interés de remodelar, pero se hizo un trabajo leve y se reabrió el museo. En el 98, se entrega la administración a un patronato, que resultó en un fracaso porque no se le asignó fondos. El museo se vuelve a cerrar. Para finales de 1999, se reabre una  de las cinco salas que tenía la estructura”, expone el arqueólogo.

Para eliminar la figura de patronato no se requirió una resolución del Ejecutivo, nunca hubo un marco legal que lo creara, afirma Fitzgerald. “En el 2000, el museo regresa a manos del Inac y exhibe muestras temporales en dos salas. Así continuó hasta 2003, cuando Panamá cumplió cien años y ocurrió “el robo del centenario”.

Del Salón de Oro del Marta fueron hurtadas 292 piezas. Los informes policiales comprobaron que ninguna de las 16 vitrinas donde reposaban las piezas estaba violentada. Los ladrones conocían las claves, concluían las primeras investigaciones.

El proceso judicial tardó dos años y se condenó por hurto agravado y peculado a Adrián Cedeño, Marquelio Headley, Benjamín Rangel, Acela Rodríguez y Beatriz Ledezma a prisión. Parte de los condenados, a penas de hasta cinco años de prisión, eran funcionarios del Marta.

Fitzgerald, entonces responsable de Patrimonio Histórico, afirma que el robo fue un gran descalabro para el museo y asegura que tres meses después se logró recuperar el 98 % de las piezas hurtadas. El expediente revela que 20 piezas nunca se recuperaron. Conocido el hecho, un grupo de mujeres, entre ellas la profesora Edilia Camargo, se reunió en la Defensoría del Pueblo para exigir las fichas técnicas de las piezas hurtadas.

“Nos llamaron ‘el grupo de mujeres histéricas’, porque exigíamos conocer las fichas técnicas de las piezas para constatar que lo recuperado era lo que se había robado. A mí me dijeron que qué hacía la Unesco metiéndose en esto, aunque yo no hablaba por la Unesco, sino como panameña”, recuerda Edilia.

Un edificio vacío

El traslado del Marta para el edificio vacío del Museo del Niño y la Niña (también conocido como El Tucán) fue una decisión equivocada, señala la antropóloga Ana Elena Porras. “El Despacho de la Primera Dama durante el gobierno de Martín Torrijos decidió, sin asesoramiento de expertos en el tema de museos ni del Marta”.

Porras expresa que la nueva edificación, en las áreas revertidas, resultó inadecuada para albergar las valiosas piezas antropológicas. El Tucán, desde la apertura hasta el cierre, tampoco fue dirigido por alguien que entendiera que el tema de este museo era el origen milenario de los habitantes del istmo y la composición multicultural de Panamá, agrega Porras.

“Durante el tiempo que estuvo abierto se dedicó a exhibir exposiciones que en nada   vinculaban con la historia ni la cultura del país”, critica la antropóloga. “La idea de construir el museo de los niños fue de (Ruby Moscoso), la hermana  de la presidenta Mireya Moscoso. Ella tenía que inventar algo que mostrar, le hubiese quedado muy bonito que los niños contaran sus historias, no importa que no tuvieran una colección que exhibir.

El museo de Bilbao comenzó sin colección”, rememora Camargo, quien asistió a una de las actividades que se realizaron en la nueva sede del Marta. “Me invitaron a una tarde de té, eso estaba lleno de viejitos.

Me pareció que era para sacar a pasear a los ancianos, era una vergüenza”, menciona. Desde 2009, las colecciones del Marta permanecen en cajas en la sede de El Tucán. La exhibición “Panameños ilustres” ocupó todas las salas y forzó a embalar las piezas antropológicas. En ese momento se pierde el museo, ya no se puede ver nada. Luego vinieron muestras de réplicas de dinosaurios y una serie de cosas “que nada tenían que ver con el espíritu del Marta”, asegura Fitzgerald.

Cuando la administración de Ricardo Martinelli licita el proyecto de la Ciudad de las Artes (un conjunto de seis edificios y la remodelación de El Tucán) en los terrenos vecinos, en 2012, se trasladan las piezas, sin aviso a la población, salvo las de oro, que están en bóvedas del Banco Nacional, nuevamente a la antigua sede del ferrocarril.

Con el cambio en la Presidencia de la República, el mandatario Juan Carlos Varela pidió al Inac replantear las obras, cuyo costo era 54 millones, de dólares y buscar un nuevo contratista. Los trabajos están paralizados.

Patrimonio “enfermo”

“El edificio del antiguo ferrocarril es una estructura bellísima, desde el punto de vista arquitectónico. Es un monumento cuyo significado histórico está vinculado con el ferrocarril interoceánico, con el incidente de la tajada de sandía. Vale la pena sanearlo y restaurarlo.

Aquí se roban millones, se malgastan y hasta se regalan exoneraciones de impuestos en la venta y fusión de bancos y la operación de casinos, así que no me vengan con el cuento de que no hay dinero para el Marta”, cuestiona Porras.

Para Fitzgerald, la cifra para la restauración del edificio debe ser alta porque se trata de trabajos muy costosos. “No me atrevo a mencionar fecha porque desconozco los aspectos técnicos, además se requiere de una transformación del entorno, es un trabajo que podría tardar entre cinco y diez años. Lo recomendable es hacerlo por etapas y mientras duren las obras se pueden hacer muestras temporales de la colección”, expone.

El peregrinar y los cierres del Marta, concluye Porras, son falta de planificación y políticas de mantenimiento a casi todo el patrimonio público del país. “Y para colmo, el debilitamiento del Inac (que no atendió la solicitud de entrevista para este tema, en el mes de noviembre de 2015) ha llegado a cero.

Se ha nombrado a un director con estatus de titular, tras la renuncia de la directora, para mantener a personas del colectivo gobernante, aunque no cumplen con los requisitos mínimos que exigen las leyes”, cuestiona Porras.

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