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Madres antes de los diecisiete

Las hermanas Soto nunca pensaron formar parte del 31,6% de casos de embarazos entre jóvenes de diez a diecinueve años. Su drama pasa desapercibido en una sociedad que todavía debate si es conveniente o no que en las escuelas se impartan clases de educación sexual.

Por: Carolina Ángel Idrobo

Helena tiene veintitrés años y una hija de ocho. Shantal parió a su bebé a los diecisiete. Karielis, la menor de las tres hermanas Soto, a sus dieciséis no quiere hablar sobre sus cinco meses de embarazo, de cómo ha cambiado su vida, sus miedos, sueños y proyectos. Ellas no pensaron tener hijos, no tan jóvenes. Se enamoraron y no pensaron en las consecuencias.

-Si pudiera devolver el tiempo -dice Shantal- no me metería con Ramiro (el padre de su hija Karen).
Pero “pudiera” simplemente no existe, en cambio Karen sí.

-Y por ella aprendí el sacrificio de ser mamá… se te olvida todo, tu inocencia se va y no puedes pensar como antes, cuando ibas a la escuela y luego con tus amigas a “parquear” y no tenías más problemas que las notas. ¡Qué va!
Helena, Shantal y Karielis no fueron dueñas de sus destinos, gestoras de su plan de vida. Nadie les habló del amor y la sexualidad, del autocuidado y la importancia de decidir sobre su cuerpo. Aun hoy, conversando en la sala de su casa materna, en Brooklincito, se les pregunta por qué quedaron embarazadas y se miran entre sí, entre risitas nerviosas y hombros encogidos. No tienen ni idea.

-Yo tenía dieciséis y él quince años, sabía que no, que a esa edad no, que era mejor esperar. Eso le dicen a uno y uno de verdad lo cree, pero esperar es muy difícil, entonces empezamos las relaciones… a veces nos cuidamos y a veces no. Nunca imaginé que iba a quedar embarazada, de verdad. Pensé que era un juego, no dimensionaba lo que me venía- recuerda Shantal, quien después se dio cuenta de que Ramiro no iba a aceptar su responsabilidad.

-¿Cómo podría hacerlo? Si no tiene para mantenerse él porque ni ha terminado la secundaria-, continúa la chica que tampoco ha podido finalizarla. Decidió dejarlo y volver a casa de su madre-. Como mujer tienes que salir adelante con tu hijo, hacer lo que sea para que sobreviva. No podía seguir allí.

Para Helena no ha sido muy diferente, a excepción de que su expareja es varios años mayor que ella. Después de un tiempo juntos la relación no funcionó. Ahora el hombre desapareció y ella vive en casa de su mamá.

Erotismo sin educación

El problema en macro dimensión -que trasciende a un tema de salud pública- es que estas hermanas no son la excepción, ni hacen parte de una minoría en Panamá. Un país que desde 1999 debate si brindar o no una educación sexual científica a los jóvenes y padres de familia, mientras asiste al aumento de las cifras de embarazos adolescentes y enfermedades de transmisión sexual. En el 2010 el porcentaje de embarazadas entre diez y diecinueve años era de 19% y para el 2016 esta cifra aumentó a 31,6%, a razón de treinta y dos embarazos por día, según los últimos datos del Ministerio de Salud (MINSA). De acuerdo con el informe “Juventud en cifras”, publicado por el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), las dos primeras causas de mortalidad juvenil son la violencia y el VIH.

El drama de las “niñas madres” y de los “chicos padres”, que ven interrumpido su desarrollo y proyectos de vida truncados por la llegada inesperada de un bebé, no es solo suyo y de sus familias. Es el drama de un país que se olvidó de la educación sexual en sus políticas públicas. Y es que, como afirma la profesora Giovanna Santamaría, encargada del departamento de orientación a adolescentes embarazadas del Colegio Cristóbal Adán de Urriola: “Estamos en una cultura hipersexualizada que expira erotismo por todas partes, pero no brinda herramientas a los jóvenes para manejar esta erotización’”.

‘Sin casa no’

Según el IV Informe sobre el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), el embarazo precoz es una de las causas recurrentes en la reproducción y feminización del círculo de la pobreza, ya que “las madres adolescentes pueden ser rechazadas por su propia familia y con frecuencia no terminan sus estudios o carecen de posibilidades de acceder a capacitación que les permita ingresar en condiciones adecuadas al mercado de trabajo”.

Las hermanas Soto lo saben. Por eso Helena y Shantal regañan a Karielis. Porque no querían que pasara por lo que les tocó a ellas.

-¡Un hijo tiene que ser planeado!- dice Shantal-. Si no tienes tu casa no es recomendable tenerlo, pero ni uno…
Y es que el panorama para las “niñas madre” no es alentador.

-Por ejemplo, quedas embarazada. Lo que me pasó a mí, y te vas donde tu suegra. Cuando ya no le quieres ver la cara ¿Qué haces? Yo me vine para donde mi mamá, porque no tenía otra opción. Cuando llegué, había un montón de gente: mi hermana que también salió embarazada y también se dejó con su pareja, y su niña, mi hermana menor que aún no estaba embarazada, mi hermano, mi padrastro y obviamente mi mamá. Y sólo hay un cuarto y dos camas. ¿A dónde voy a dormir? Mi hija estaba chiquita, así que bajaron a mi hermana a un colchón porque yo tenía el privilegio. Entonces vine a incomodar a la casa de mi mamá.

-Y el día que tu mamá se canse y te diga: bueno, ¡te vas! ¿Para dónde vas con tu hijo?-indaga Shantal-. Y si te vas a vivir de nuevo con tu suegra y te larga… ¿A dónde vas?- insiste.

-He aquí tres que no tienen ni casa pero tienen hijos- concluye Helena.

Y ríen. tres chicas que podrían estar hablando de sus sueños de vida, más allá de la maternidad. Los proyectos, la universidad, los viajes.

Arrastre de cadenas

El drama de las “niñas madres” también es el drama de sus progenitores, que sienten la frustración de una mala educación: ¿Qué hice mal?, se preguntan algunos. ¿Por qué salió embarazada?, inquieren otros. “Si yo le decía que se cuidara”, asevera la madre de las tres hermanas. Una joven abuela, que a su vez fue madre adolescente. “Son cadenas”, dicen los especialistas. La espiral de la desigualdad. “La mayoría de los acudientes de niñas embarazadas son mamás muy jóvenes que vivieron la misma situación”, explica la psicóloga especialista en sexualidad y educación Lina Willman. “Y es que la única forma de cerrar el ciclo de pobreza es educándose. La educación es el camino que les permitiría a ellas cerrar cualquier sistema de esclavitud, aspirar a un futuro mejor para ofrecerle a sus hijos calidad de vida, valores e información para que rompan y cierren la brecha de la desigualdad”, señala Santamaría.

Mientras sus hermanas hablan de sus experiencias Karielis escucha. Aún no tiene su hijo, aún vive con su pareja donde sus suegros. Su futuro parece diferente. Pero sus sueños serán ahora más difíciles de cumplir. Lo sabe, lo asume. Y calla.

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