Martes , Septiembre 19 2017
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Es necesario construir un consenso nacional que ayude a adecentar la gestión pública y empresarial. Aunque se perciba como una quimera y se siga afirmando que esto no lo compone nadie, estamos obligados a construir ese nuevo pacto social entre los panameños.

El regreso al diputado nacional

Por: Luis Navas P.

En más de una ocasión y en los últimos tiempos ha salido la necesidad de contar con diputados nacionales. Los así llamados serían elegidos por la totalidad de los electores a nivel nacional y sin estar sujetos a una circunscripción o circuito electoral específico. No debemos olvidar que el regulador del legislativo es la referencia territorial.

Para esto rememoran la experiencia que hubo con la elección popular para “delegados a la convención nacional constituyente”, efectuada el domingo 6 de mayo de 1945, misma que discutió y aprobó la tercera Constitución Política de la República (1904 y 1941 eran la anteriores hasta ese momento).

Para esa ocasión se eligieron nueve delegados nacionales (entiéndase diputados) a razón de uno por cada provincia definida electoralmente y que gozaban de las mismas prerrogativas que el resto de los 42 provinciales, elegidos de acuerdo a la cantidad de población con que contaba cada una de las provincias; es decir, uno por cada 15 000 habitantes y uno más por cada fracción no menor de 7500 habitantes.

Los diputados nacionales nacen por primera vez a la vida política panameña y como siameses nacen acompañados por otra novedosa experiencia, la participación de las mujeres en un organismo legislativo de carácter nacional. La Constitución de 1904 no le reconoció ese derecho a las panameñas y la de 1941, pese a reconocerle el derecho al voto, lo condicionó a tener educación formal, desde primaria hasta universitaria. Solamente podían aspirar a la representación municipal (concejales).

También para esa elección se admitió la postulación de los sin partidos o independientes. De esta fueron elegidos tres independientes. De los nueve nacionales, dos fueron independientes y entre ellos, una mujer, Esther Neira de Calvo, que en conjunto con la diputada provincial Gumersinda Páez, y cinco mujeres suplentes, se convirtieron en las primeras mujeres legisladoras de Panamá.

Esa experiencia de 1945-1946 se desarrolló en momentos de una profunda crisis política. El gobierno del presidente golpista Ricardo Adolfo de la Guardia recurrió a ella con extraordinaria inteligencia y habilidad para capear el derrocamiento impulsado por los diputados de la Asamblea Nacional que lo habían reemplazado por el diputado Jephta B. Duncan.

Vistas así las cosas, considero un mecanicismo copiar sin mayor sentido crítico el restablecimiento del diputado nacional.

Románticamente se aspira a elevar el debate legislativo con la presencia de diputados elegidos por todos los electores a nivel nacional.

Parecen olvidar que la sociedad panameña de 1945-1946 es muy distinta a la actual, que los sujetos o actores políticos de antaño son distintos a los actuales. Ayer se contaba con partidos ideológicos que coexistían con los partidos tradicionales y los gamonales. Hoy, los partidos ideológicos son una especie en extinción. Igualmente, se debatían ideas y proyectos sobre el desarrollo nacional; hoy lo que prima son los intereses individuales y de los poderosos intereses económicos. Pretenden olvidar que la sociedad panameña ha sufrido una metamorfosis preocupante. Se ha ido degradando valores esenciales como la honestidad, la honorabilidad, la transparencia, la solidaridad y el bien común.

Sin alarmismo y sin exagerar, el culto a la riqueza permea a la mayoría de la actividades en los sectores público y privado. Los órganos del Estado y el sector empresarial han caído en la tentación de lucrar sin límite alguno. Quien esté libre de culpa, que lance la primera arremetida.

Por tanto, no es un simple o minoritario grupo de elegidos los que se encargarán de darle lustre a las instituciones gubernamentales y a la actividad empresarial.

La sociedad panameña, mientras siga convencida de que no habrá castigo y mientras campee la impunidad, ahogará todo esfuerzo de rectificación. No es casual la referencia bíblica a las ciudades de Sodoma y Gomorra. Estamos a punto de perder el país o/y ser una nación fallida.

Pienso, más que nada, en construir un consenso nacional que ayude a adecentar la gestión pública y empresarial. Aunque se perciba como una quimera y se siga afirmando que esto no lo compone nadie, estamos obligados a construir ese nuevo pacto social entre los panameños. Ante la falta de un claro liderazgo estamos urgidos a construirlo desde abajo. Al principio seremos pocos, pero la perseverancia, la tenacidad y las propuestas consensuadas determinarán su validez. Lo otro es dejarlo a merced de la espontaneidad o la explosión social para improvisar soluciones o recurrir a paliativos, como fue proponer la constituyente de 1946. Los diputados nacionales murieron en su cuna porque los intereses egoístas impidieron que germinaran. Ni su efímera presencia, y mucho menos la Constitución de 1946, impidió el desenlace de la crisis política que se desencadenó en 1949 con la sucesión de tres presidentes distintos y que terminó con furia, el 10 de mayo de 1951, con el derrocamiento de otro presidente, Arnulfo Arias Madrid.

En el siglo XXI lo que hay que desarrollar es garantizar la mayor participación ciudadana en la conducción de los asuntos públicos. La democracia representativa está superada y agoniza. Debe prosperar la democracia participativa, aquella que asegure que los ciudadanos son el real poder político y los partidos políticos y sus dirigentes deben de ser voceros y no dueños de esa ciudadanía. Los partidos políticos como sus dirigentes, para no ser barridos por la historia, están obligados a defender los intereses colectivos y el bienestar social de las mayorías.

En buenas cuentas estamos llamados a ser creativos para dar paso a ese nuevo concepto de democracia, aquella que respete y eleve la dignidad humana. Por ello, mientras estemos sujetos a prácticas clientelistas o sencillamente deshonestas o indignas, no habrá manera de contar con políticos honestos. Por supuesto, tendremos hombres y mujeres excepcionales. Serán los pocos, ya que la misma sociedad los destruirá y preferirá a los bandidos.

Mientras discutimos y construimos ese tipo de sociedad que nos merecemos se pueden mientras tanto asumir medidas, como por ejemplo, impedir la reelección a los cargos de elección popular, para combatir la corrupción. Y lo otro. Siguiendo a Justo Arosemena, que aconsejara contar con un gobierno que esté más cerca de las necesidades de los ciudadanos y ese gobierno, según él, ese es el municipal. Por consiguiente, qué nos impide analizar desapasionadamente la experiencia efímera de los 505 representantes decorregimiento; sin descarte, valorar nuestra experiencia legislativa y determinar el tipo de gobierno que requiere el Panamá de hoy, ante los peligros de un régimen presidencialista tan fuerte.

Entonces, atrevámonos a discutir y resolver los problemas políticos tomando en consideración nuestra propia experiencia, sin sujetarlos a la experiencia de otros Estados. Acordar lo que mejor convenga para garantizar la convivencia pacífica, el bienestar y progreso de todos los panameños. Abordemos sin añoranza al pasado, creativamente y sin complejos de ninguna clase, esa discusión.

La mesa está servida.

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