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En un mundo altamente competitivo, los Estados precisan relacionarse si aspiran posicionarse internacionalmente con eficientes instrumentos de política exterior.

Visión estratégica en las relaciones con China

Por: Roberto Montañez

“Dejad que el Dragón duerma, porque cuando se despierte, el mundo se estremecerá”, sentenciaba hace 200 años Napoleón Bonaparte, una clarividencia que revela que China no solo ha despertado, sino que se ha puesto de pie asumiendo su condición privilegiada en la política exterior contemporánea. La diplomacia china está participando en el equilibrio global de poder en el siglo XXI, siendo el mayor poseedor de bonos del Tesoro estadounidense.

La civilización China, con más de cinco mil años de historia, ha superado toda clase de obstáculos, desde la Guerra del Opio, la opresión en su vasto territorio destrozado por guerras internas y externas que generaron el caos social, la anarquía, el hambre, el frío hasta toda clase de subyugaciones externas. A mediados del siglo pasado, las fuerzas sociales más avanzadas en China emprendieron una revolución antiimperialista y antifeudal que condujo al pueblo chino a cambios sociales con un porvenir que puso fin a perturbaciones que persistían en la época moderna.

Con la reforma económica, liderada por Deng Xiaoping en 1978, promovieron el socialismo con peculiaridades chinas, una visión estratégica del desarrollo y progreso inspirada en la política de apertura, modernización y crecimiento económico que ha repercutido en el bienestar del pueblo chino hasta convertirse en la mayor factoría del mundo. Apelando a su proverbial paciencia, los dirigentes chinos han proyectado los intereses estratégicos de su país, armonizando su crecimiento económico con el impulso del bienestar social y la estabilidad e institucionalización, una sociedad compleja que se moderniza sin renunciar a sus valores culturales y tradiciones.

En la nueva agenda internacional de desarrollo, China aparece como una sociedad mayormente agrícola y autosuficiente que se ha transformado en los últimos treinta años en el mayor mercado de consumo del mundo, un proceso que se ha consolidado sin grandes convulsiones sociales o económicas. Con su importante innovación tecnológica y sofisticación financiera, China se posiciona como la segunda potencia económica, política y cultural. Un miembro permanente en el Consejo de Seguridad que, lejos de ambiciones armamentistas y militaristas, está aplicando la apertura, fomentando la cooperación inspirada en Principios de Coexistencia Pacífica procurando un orden mundial multilateral más equilibrado.

El pragmatismo y sus responsabilidades mundiales de China fue puesto a prueba con la crisis financiera mundial de 2008, a tal punto que mitigó los efectos que atravesaba Estados Unidos. Con su potencial demográfico de 1354 millones de habitantes, representa la quinta parte de la población mundial, ha librado una revolución sin precedentes en la historia de la humanidad, a tal punto que 500 millones de chinos han salido de la pobreza en los últimos treinta años. Jamás en la historia se ha producido un enriquecimiento tan acelerado de tantos millones de seres.
Pero analicemos brevemente los denominados músculos financieros de China que se perfilan como alternativas del financiamiento externo liderado por el Consenso de Washington al que hoy se antepone el Consenso de Beijing, que cuenta con el banco del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), con un capital estimado de 100 000 millones de dólares, un paso que romperá la posición monopólica del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, incidiendo en la democratización de las relaciones internacionales.

En la nueva arquitectura financiera internacional, China también cuenta con otra institución financiera multilateral, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII), con sede en Beijing, con un capital de 100 000 millones de dólares, tiene como socios a cincuenta Estados, incluyendo a Francia, Alemania y el Reino Unido, China, con un 30% de participación. Estados Unidos y Japón no participan en esta institución.

Simultáneamente, la Franja y Nueva Ruta se presenta la iniciativa internacional más ambiciosa lanzada por el presidente chino Xi Jinping. Esta propuesta busca mejorar la conexión de los mercados de Asia y Europa con Beijing y Berlín en extremos del cinturón, por ser las economías principales que funcionan como motores del crecimiento económico en Asia y Europa, respectivamente. El territorio de la Franja y la Nueva Ruta cubriría 18 países de Asia y Europa con una superficie total de cincuenta millones de kilómetros cuadrados y una población de 3000 millones de personas.
Un paradigma de los tiempos modernos, en diez años la producción fabril de China equivaldrá a la de Estados Unidos, Japón y Europa juntos. En el 2021, China deberá alcanzar el estadio de una sociedad modestamente acomodada con la concentración del núcleo obrero más numeroso del mundo, junto con la mayor masa de clase media de país alguno del planeta. Actualmente, China ha sido el segundo socio comercial y una importante fuente de inversión de América Latina y el Caribe se propone elevar el comercio bilateral hasta 500 000 millones de dólares. El presidente de China, Xi Jinping, señaló en la pasada Cumbre de CELAC en Beijing en enero de 2015 que su país invertirá 250 000 millones de dólares en América Latina en los próximos diez años.

La pregunta obligada es ¿cómo un país pequeño como Panamá podría atraer la mirada de los poderosos músculos financieros de China? En términos proporcionales, la diplomacia panameña tiene también que dar su gran salto hacia adelante para beneficiarse ventajosamente de estos capitales chinos. Las inversiones en política exterior no son retornables a corto plazo; por tanto, al aceptar el principio de Una Sola China, Panamá se hizo parte de la premisa sobre la que China desarrolla relaciones amistosas de cooperación con países extranjeros abriendo un abanico de posibilidades a inversiones.

La influencia y liderazgo de China en la región de mayor crecimiento en el mundo fue un factor determinante para que el Estado panameño tomara la decisión de establecer sus relaciones con su quinto socio comercial en la región, su segundo usuario del Canal con inversiones portuarias interoceánicas y primer proveedor de mercancías de la Zona Libre de Colón. El dinámico crecimiento económico de China dejó de ser una asignatura pendiente en las relaciones exteriores del país, el liderazgo político panameño necesitó veinte años de maduración para encarar el valor de hacer historia.

Es importante recordar que tras la reversión de la colonia británica de Hong Kong a la jurisdicción China en 1997, se conminaba a los consulados existentes de países que no reconocían a China, entre ellos El Salvador, Sudáfrica y Panamá, a definir su estatus o de lo contrario tendrían que salir de dicho territorio. Los dos primeros salieron, pero Panamá, gracias a un Acuerdo, le permitió su permanencia del Consulado General Privativo de Marina Mercante en Hong Kong bajo la denominación de Oficina Comercial que opera como extensión del Consulado en Manila, Filipinas.

Un dilema existencial, cuando los vínculos adquiridos con China pesaron más que los heredados de Taiwán, prevalecieron los intereses que más convienen al país el establecer relaciones diplomáticas con un socio estratégico que está experimentando cambios sociales y económicos en una amplitud sin precedentes, con enorme vigor al progreso. Panamá enfrenta el desafío de posicionarse en Asia apoyada en sus siete embajadas en la región, teniendo como eje a la misión diplomática en Beijing y la progresiva apertura de Consulados Generales en los principales puertos de China: Shanghái, Guangzhou, Shenzhen, Hong Kong y Macao.

La visita del Presidente Juan Carlos Varela en este año a China permitirá la suscripción de convenios bilaterales que darán contextura jurídica a relaciones en el ámbito de cooperación e inversiones. Entre las prioridades figuran convenios de cooperación en el ámbito marítimo, innovación y tecnología, comercio, cultura, turismo, migración, agricultura, con posibilidades de acceder a líneas de crédito preferencial de diez mil millones de dólares; sumados a los cinco mil millones de dólares del Fondo de Cooperación China-América Latina.

Por otra parte, la visita confirmada del presidente chino Xi Jinping a Panamá el próximo año será una oportunidad para reiterar los intereses compartidos y la cooperación multisectorial. Los empresarios chinos podrán proyectar inversiones en telecomunicaciones, marítimo-portuarias, energía y construcción, confirmando confianza y seguridad en relaciones inspiradas en el principio de ganancias compartidas.

La visión estratégica de la diplomacia panameña en las relaciones con China abre un espacio para atraer inversiones al sector marítimo y hacia una red de distribución de productos ensamblados para la región. Por tanto, la prioridad diplomática es concitar respaldo financiero chino hacia la cooperación e inversiones en proyectos estratégicos, pero también respaldarse en la influencia de China para incursionar en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacifico (APEC), donde 21 economías representan el 40% de la población global, el 60% del PIB mundial y el 48% del comercio global.

En un mundo altamente competitivo, los Estados precisan relacionarse si aspiran posicionarse internacionalmente con eficientes instrumentos de política exterior. Por ello, resulta imprescindible consensuar decisiones estratégicas en política exterior para que los intereses que más convienen al país tengan continuidad y respaldo político a largo plazo.

Las relaciones con China que nadie ha objetado es un asunto de Estado, donde el sector público como privado tienen que prepararse técnicamente, pues el país no podía seguir de espaldas a la historia como espectadora de acontecimientos regionales y mundiales.

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